Un corso a contramano que (por suerte) tiene fin

Catarsis puerperal por @florprima

Pensé mil maneras de arrancar esta historia, pero no se me ocurre otra que diciéndoles que mi puerperio fue infernal y enloquecedor. Tal vez debería apretar rewind y contarles que tuve un embarazo glorioso. Nueve meses sin ningún inconveniente. Bah, nueve meses es un decir, porque me enteré que estaba embarazada cuando tenía tres meses y un poquito más de embarazo. Nunca fui una Susanita, tener hijos era una cosa que le pasaba a los otros y era algo a lo que yo le escapaba. Hasta que por un error de cálculo me pasó a mí.

Tal vez ahí radique el origen de lo infernal de mi puerperio. Me enteré que estaba embarazada cuando ya la cosa estaba cocinadísima, la panza me salió recién a los seis meses, seguí laburando como si nada y viajando en el subte D con cuarenta grados. No le conté a mi cuerpo ni a mi cabeza nunca que estaba embarazada. Negación, le dicen los psicólogos. No leí ni un libro de maternidad, ni me conecté con mamis, ni investigué nada, ni siquiera tenía hecho el bolso para el sanatorio. Hice al curso de preparto con cara de orto y en la mitad decidí huir. Me la pasé bufando durante las clases y jugando al bejeweled como una adolescente rebelde. Cuando rompí bolsa estaba en mi casa. Puse un lavarropas, trapée el piso chorreando líquido amniótico mientras decía “cuelgo la ropa cuando vuelva, total no creo que nazca hoy”.

Cuando llegó el niñito fue literalmente una bomba que me explotó en la cara. No sabía qué hacer con él. ¿Hay que quererlo? ¿Hay que cuidarlo ¿Hay que atenderlo? Sí, todas esas respuestas eran afirmativas pero la realidad es que yo no me podía ni cuidar a mí. Le pedí por favor al obstetra que me dejara quedar un día más en la clínica porque no sabía cambiar un pañal y quería que alguien me enseñara. Nunca había agarrado un bebé a upa hasta que alcé a mi hijo. Cuando volvimos a casa las cosas se empezaron a acomodar. Digo las cosas, porque mi cabeza y mis hormonas eran un quilombo. A los quince días volví a mi cuerpo de antes y perdí el peso ganado. Eso fue aún más confuso. Tenía el mismo envase de antes, pero por dentro era un corso a contramano.

Elcami siempre fue un niño glorioso, durmió toda la noche desde que nació, un niño copado y amoroso. Pero yo necesitaba escapar de mi casa todo el tiempo. “Necesitamos una repisa, la venden en González Catán”. “Voy yo, vos quedate con Elcami”. “Pero, es un viaje de tres horas”. “No importa, MEJOR”. Un día llamé llorando a mi hermana y le dije que me quería ir y dejar todo. Y me fui. Me rajé todo un día y volví a la noche, llorando porque no quería volver al mundobebé.

Paralelamente me sucedía algo muy curioso. Durante un mes no dejé que lo agarrara nadie. Cuando digo nadie, digo NADIE. Ni sus abuelos, ni sus tíos, ni mis amigos. No podía soportar la idea de que alguien lo tocara. Pero por otro lado, quería salir corriendo de ahí. Corso a contramano, ¿no les digo? Empecé a largarlo de a poquito cuando tuve que volver a laburar. La primera que lo agarró fue mi mamá y ese día literalmente casi me desmayo. Estábamos en un bar, lo agarró a upa, yo empecé a hiperventilar, transpirar y a ponerme pálida y le grité “DÁMELO YA”, mientras medio bar llamaba al 107 pensando que una loca quería robarme al bebé.

La pregunta del millón es ¿Cómo se sale? ¿Cuándo se termina? Se sale con tiempo, paciencia y aceptación. Principalmente compartiéndolo. Contarle a una amiga, ir a terapia, entregarte al quilombo y surfearla lo mejor posible. Saber que a todas, a algunas más y a algunas en menor grado, les pasa lo mismo. Todas, hasta la mismísima Maru Botana, tuvimos ganas de salir corriendo y dejar al pibe llorando en medio de la calle.

Y la clave es saber que todo eso no dura para siempre. Transitarlo con la certeza de que no es infinito, que tu pibe no va a llorar todas las noches, que alguna vez va a dormir de corrido, que en algún momento deja de tomar la teta, que va a controlar esfínteres, que va a tener una vida independiente y va a tener una noviecita con calzas y arito en la nariz que nos va a odiar. La clave es ver la luz al final del túnel y saber que el puerperio eventualmente termina.

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16 pensamientos en “Un corso a contramano que (por suerte) tiene fin

  1. Por suerte termina y los pensamientos delirantes también. Es como dice Flor, por mas que el bebé sea un santo una por dentro es un corso a contramano

  2. Estoy en pleno puerperio! mas inestable que nunca… no me entiendo, ni se que hacer conmigo. mi beba es una SANTA, de verdad.. si fuese un poco dificil, no se como haria. creo que no termina de saltarme la termica porque #elTano me hace el re aguante y trabaja desde casa. pero me encuentro luchando contra pensamientos apocalipticos (literalmente, tipo: si hay una catastrofe meteorologica como la protejo!? que hago? a donde escapamos?) situaciones que escapan a mi capacidad de cuidado y atencion… me alegra saber que esta locura termina algun dia. 🙂

  3. felicitaciones agus,has traido un hermoso ser a tu vida y eso es lo mas hermoso,sabias q tu bebe eligio tu vientre para venir al mundo,el eligio su hogar y es un hecho q traera alegria a tu vida.les deseo lo mejor para todo tu hogar,fuerza y valentia q en tu interior estan todas tus respuestas.eres muy valiente x todo lo expresado,muy bueno el blog…fuerza y arriba ,”uno crea lo q cree”.fuerza y arriba….

  4. El último párrafo es genial… Totalmente de acuerdo: La clave es saber que no sos la única y que con el tiempo se termina. En el medio hay que remarla como puedas!

  5. Por supuesto, mi verdad es que cuando escucho este tipo de cosas quiero pasar por ventanilla a devolver al pibe…No te parece ser verdadera y sincera eso? jajaaj

  6. Graaciias mil! estoy en la semana 37 de mi segundo embarazo y todavía no se si quiero que salga para entrar en este kilombo que contás o seguir padeciendolo adentro mio! gracias por el ámino!!

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