La tiranía de la biología

Catarsis puerperal por @sayhitoevey

Lucio nació el 17 de septiembre de 2012 a las 13:15. Lo primero que hizo tras nacer y por muchas horas después, fue dormir. Mi puerperio comenzó oficialmente a las 23:00 de ese mismo día, cuando la pediatra de guardia en la clínica donde estábamos internados los agarró a él y a una de mis tetas de la manera más brusca posible para tratar de que se encuentren. Cuarenta y cinco minutos así, conmigo llorando, no porque el nene no chupaba, sino porque me daban mucha angustia las posiciones imposibles (y a mis ojos, dolorosas, aunque ella me aseguró que no lo eran) que la médica ensayaba para obligar a un bebé de horas a hacer algo que no quería. Y no lo hizo nunca. Lucio nunca quiso tomar la teta.

Un mes entero probando formas, tratando de estimularlo para que tome, bancándome reprimendas y consejos de absolutamente todo el mundo, tratando de aplicar los que me parecían bien. Y no. Por lo tanto, y a partir del primer mes de vida de mi hijo, cuando la leche se me terminó y con ella terminaron las varias sesiones al día de sacarme leche-ponerla en mamadera-dársela a Lucio, el niño ya no dependió exclusivamente de mí. Otras personas podían alimentarlo y en consecuencia, yo podía bañarme, salir a dar una vuelta manzana o pintarme las uñas. Si el puerperio es, como dijo una mamá que escribió antes, el período en que el bebé depende 100% exclusivamente de la mamá, el mío duró sólo 30 días.

Y hasta hace unas semanas, pensaba eso: “no tuve puerperio”, porque no tuve las dificultades que otras mamás contaron que enfrentaron en ese momento. Mi hijo no tenía dificultades para comer (bué, digamos que tomaba su mamadera diligentemente), no tenía -ni tiene, afortunadamente- problemas para dormir doce horas seguidas por la noche. Tampoco tuve momentos de desesperación y de no saber qué hacer; la primera semana con Lucio en casa fue muy emocionante porque, entre todo el torbellino de la novedad, me encontré haciendo naturalmente cosas que durante mi embarazo temía y suponía que me iban a costar mucho. Problemas con el sexo, menos: había terminado una relación de cinco años con el padre de mi hijo durante mi sexto mes de embarazo, y no tenía con quién preocuparme por la falta de relaciones sexuales, ni quien se queje por mi deseo disminuido, o las estrías que decoraban mi nuevo cuerpo.

Hace unas semanas, más tranquila, más madura, más contenta con mi rol de madre, con mi trabajo y con mis relaciones y elecciones personales, me di cuenta que sí, que no solo tuve puerperio, sino que fue uno bastante duro. Sólo que no me di cuenta cuando estaba pasando. Si lloraba, era por X causa puntual, si me enojaba todas las veces que tenía una dificultad con mi hijo, era exclusivamente por esa dificultad, si me frustraba, también, debía tener razones más tangibles para sentirme así. La cosa es que ahora, transcurrido el tiempo, me sigo enfrentando a algunas de esas dificultades, frustraciones, algunas persecutas, angustias y enojos. Y reacciono como siempre. Es decir, como antes de esos primeros meses de vida de mi bebé. Nunca tuve reacciones tan emocionalmente desmedidas, nunca la pasé tan mal por cosas que normalmente no me importan tanto, nunca traté tan fuerte de racionalizar lo que me pasaba, porque a mí las hormonas no-me-iban-a-ga-nar. Pero te ganan. La tiranía de la biología. Dejalas un poco, y asegurate que te dejen puerperar en paz. Es sólo un ratito.

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