El aprendiz y la leona

Catarsis puerperal por @PabloJUrrutia

A los tumbos, sin saber donde ir, ni para qué, sólo con quien estar, llegué a la paternidad. Frente a los prejuicios de los demás, demostré estar vivo y sintiendo, me puse eufórico. Los primeros meses del embarazo fueron los mejores de mi vida. Con Vero habíamos empezado la facultad, nos habíamos casado en secreto, nos iba bien; habíamos fundado una biblioteca, militamos, discutimos, trabajamos, hicimos, disfrutamos. El embarazo iba bien. Hasta que sonó el teléfono, temprano, un sábado  Yo, puteando porque quería descansar, atendí: “tu padre está mal, está vomitando desde anoche”. Era mi vieja, salí de raje para encontrarme con mi viejo, que no sabía quien era yo ni quien era él. Vomitaba una cosa oscura, con un olor espantoso, el aroma de la muerte, lo entendí después.

Mi viejo falleció, así, sorpresivamente. El viaje en ambulancia fue una pesadilla real, entre vómitos, me dijo, “no doy más” y yo vi el final. El tipo de la ambulancia se quejaba porque recién la había lavado y yo solo pensaba “tenemos que llegar, tenemos que llegar”. Aunque hubiese querido, no tendría fuerzas para asesinar al chofer con mis propias manos. Ingresó a la guardia inconsciente, murió a los pocos días. Todavía me pone triste oír la sirena de una ambulancia.

Me desayuné que mi vieja tenía Alzheimer, que no se podía quedar sola, que le tenía miedo a la noche, a las tormentas, y por primera vez dejé sola a Vero. No quería ser yo, quería escaparme, ser mi hijo en el vientre tibio, ser un nene que lloraba desconsoladamente y al que todos querían consolar. Pero seguía siendo yo, a punto de explotar y sin poder llorar. Me fui, me perdí en la tristeza de lo inevitable, en un pasado en el campo, con el sol del medio día en la cabeza, escuchando el chancletear de mi viejo, caminando entre un maizal por el que llegábamos al rancho de mi abuelo, que tenía un sulky y un caballo blanco que se llamaba Chirola y que obedecía cuando le hablabas. Me perdí y cometí el peor crimen de mi vida, ese que aún acá no me atrevo a confesar, y volví a dejar sola a Vero.

Milo anunciaba que venía antes de tiempo, y yo volvía a dejar sola a Vero, una y otra vez, es duro recordarlo. Y peleábamos seguido. Y entró a la Clínica, y llegó la partera, y a Vero le dolía mucho, y la partera no encontraba el corazón de Milo, y yo apenas respiraba en esa habitación que parecía demasiado chica para los tres. Entonces, nuevamente el terror. La Vero, con quien habíamos soñado con el parto humanizado, con tenerlo en casa o en el agua, pedía a gritos la peridural y yo mensajeaba a mis amigos para que me prestaran la guita. “Pero si ya estás en trabajo de parto”, dijo la partera que no mostró ninguna pericia a pesar de su chapa de experimentada. Al quirófano, urgente, llegó la ginecóloga de Vero. Andá a buscar los papeles en la habitación, nene, me dijeron, salí de raje en un estado en el que cualquier cosa que me dijeran, lo hubiese hecho. En el acto de volver al quirófano sucedió todo: la ginecóloga, que levantaba a Milo con el cordón y lo ponía sobre el pecho de Vero, y él que gritaba como un chancho, violeta, y con una boca enorme. Lo sacaron y me lo devolvieron en una manta, para que lo lleve a neo.

Milo nació vomitando, tenía reflujo. A los pocos días tuvimos que internarlo porque estaba amarillo, y la internación duró más de lo pensado. Creí que esa carita pequeña, con esa naricita tan leve, con los ojos vendados, buscando en la oscuridad, sería el recuerdo más triste que tendría de todo aquello, hasta que sonó el teléfono, justo cuando me dirigía a tomar el cole para ir a la clínica a ver a Milo. Vero lloraba desconsoladamente, está en incubadora, todo entubado, y yo creí que me moría. Entendí en un segundo la fatalidad de ser padre y no pude llorar. Corrí a tomar el cole, que tardaba mucho, demasiado, mientras veía otros bebes en brazos de sus padres – hasta ese momento no me había dado cuenta de la cantidad de bebes que hay en el mundo –, preguntándome si a mí se me negaría esa dicha. Cuando llegué a la puerta de la clínica nos abrazamos con Vero, para siempre, y pude llorar.

Hablamos con la pediatra, que es nuestro ángel de la guarda, y nos tranquilizó un poco. Pero teníamos la sensación de que cada día que pasaba en neo, nos alejábamos más de Milo. Hablábamos de su necesidad de estar con nosotros, de lo jodido que era el sistema de las clínicas privadas, del gran negocio de la medicina y tomamos la decisión. En realidad fue Vero, me dijo “no quiero pasar una noche más sin Milo” y yo entendí que tenía razón, que tenía más razón que los siglos de desarrollo que tenía la ciencia médica. Que nuestra razón era un casa gris y fría, una vida de mierda, la soledad. Como casi siempre, seguí sus pasos. Era a lo único a lo que no le tenía miedo, a las decisiones que tomaba ella. A la noche siguiente Vero recuperó a nuestro hijo del mercado de la medicina, de la neo, y de las sanas razones de los mediocres. Si se moría, se moriría con nosotros, en su casa, con quienes ya lo amábamos más que a nosotros mismos. Nosotros discutíamos todo el tiempo, nos odiábamos, peleábamos y nos amábamos. Y Vero se peleaba con todo el mundo, y yo estaba de acuerdo con ella en todo. Y sentía culpa y trataba de comenzar el largo camino del perdón, que siempre conducía al primer casillero. Y Milo no se murió, tomó la teta como un desesperado, nunca lo había hecho en neo, y durmió plácidamente. Lloró a los gritos y fue creciendo bien, feliz, charlatán y atorrante, y a veces te acaricia el rostro y te dice “ti amo”, y es como si te dijeran que sos la mejor persona del mundo, a pesar de todo.

 

Anuncios

21 pensamientos en “El aprendiz y la leona

  1. Puff que fuerte. Me leí las dos crónicas. La visión del padre me mató. Buena incoporación la de la visión masculina de estos temas

  2. Qué buen relato! Emociona. La verdad que gusta mucho conocer las catársis de los padres reales.
    Que tardé te encontré Angulita!! Me hubiera gustado leerte desde hace unos cuantos meses atrás (madre puérpera de una beba de 10 meses)… gracias! Te doy gracias por toooodos tus post que me devoré en el día de ayer y porque me embalaste en seguir reflexionando, cuestionando y desde ahora compartiendo con uds lo lo que realmente significa maternar… Un abrazo, Pilar.

  3. hermoso, hermoso. Lloré mucho. Me encantan estos relatos descarnados. Una se siente menos loca, menos desorientada al ver toda esta catarsis puerperal. Me gusta ver que de a poco de desacraliza la maternidad-paternidad y se muestra como verdaderamente es: un quilombo. Un quilombo lindísimo, pero quilombo al fin
    gracias angus por el espacio, que no se corte, vayámonos todos de viaje juntos

  4. Uau! Me emocioné… realmente hacés transitar los sentimientos que tuviste. Te felicito por la valentía de compartirlo.

  5. uff.. q historia!! me emociono mucho…es lindo ver este lado de los padres, me gusta mucho! ojala se prendan muchos mas!
    gracias x comparti!
    Beso gde! Ceci

  6. Gracias estaquetepario, me encanta como escribís, redactar los sentimientos no es mi fuerte, pero la verdad que angulita me llevó en el viaje, y sinceramente me encantó, aún con el nudo en la garganta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s