Extraño a mi mamá

En Madre hay una sola por @SinHashtag 

Mi mamá no fue una mamá moderna, tranquila ni piola. Al contrario. Fue una de esas mamás pesadas y gritonas. Fue una vieja chota. Durante toda nuestra infancia nos llenó a mi hermana y a mí de temores y durante nuestra adolescencia se dedicó a hurgarnos los bolsillos, leernos las agendas y resolver, con los datos que tenía, cada una de nuestras pequeñas mentiras. Pasaba el tiempo, crecíamos, y la situación se volvía insoportable. practico_de_costa_la_familia_toma_rompecabezas_

Así fue que, llegando a los 18 años, uno de mis objetivos centrales en la vida era estar lejos de mi mamá, y decidí irme a estudiar a 2000 km de ella. Sin embargo, el control no terminó con mi partida. Si bien la distancia física hacía imposible un chequeo permanente de todas mis cosas, existían los celulares con plan familiar gratuito, y a cada instante, durante seis o siete años, sonó mi celular. Estaba estudiando y sonaba mi celular, estaba en el velorio de la madre de un amigo y sonaba mi celular, estaba cogiendo y sonaba mi celular, y así siempre. A mi hermana, que siguió mis pasos y se fue, le pasó lo mismo.

Por otro lado, estaban las vacaciones, que mi mamá aprovechaba para reforzar la vigilancia, averiguando todo lo posible sobre nuestras vidas. Así fue que encontró un picador de porro, preservativos, mensajes de texto y otras tonterías por las que hizo preguntas y escenas. Era inútil apelar a que éramos adultas o a que necesitábamos privacidad: ella nos explicaba que el mundo era, básicamente, un lugar lleno de peligros, y que su función como madre era amarnos y cuidarnos toda la vida, porque el amor de una madre era incondicional.

Hace dos años, sorpresivamente, mis viejos se divorciaron y mi mamá se fue a vivir a Tucumán, cerca nuestro. La noticia nos tomó desprevenidas: no era posible. Recuerdo pasar un fin de semana entero, junto con mi hermana, limpiando hasta en el más mínimo detalle el departamento en el que vivíamos. No pasó nada. Mi mamá llegó, nos saludó con cariño y se fue a dormir. No estaba enloquecida ni deprimida. Estaba rara, extrañamente distinta. Supongo que estaba bien.

Al poco tiempo de vivir con nosotras, nos enteramos que estaba de novia con un tipo a quien conocía desde su infancia. Pronto, muy pronto, se fue a vivir con él, completando así su transformación. Bajó diez kilos, abrió un negocio, se alejó de todo y de todos, salvo de él. Dejó de molestarnos. De hecho, prácticamente dejó de llamarnos. Ese año nuevo, el primero que pasábamos las tres en Tucumán, mi mamá decidió viajar con su novio a Salta, y cada una lo pasó por separado. Fue horrible.

Meses después, yo me independicé y mi hermana se fue también a vivir sola. Las reuniones entre las tres se volvieron tranquilas y descremadas, exentas de griterío y de escenas. En ellas se hablaba de ropa, de esmaltes, de peluquerías, de perros. Todo era agradable pero forzado, extraño, ajeno.

Cuando decidí venir a Buenos Aires y se lo conté, tomó la noticia con una tranquilidad que me negué a creer. No pude más y le pregunté, ¿por qué cambiaste así?, ¿no te importa que me vaya, no te da miedo? Y con frialdad me contestó: no, no me da miedo, sos grande y estoy segura de que sabés lo que hacés. Busqué en su mirada algo que me hiciera acordar a mi mamá temerosa, preocupada, protectora, pero ella  había desaparecido. Unas semanas después, me ayudó a hacer las valijas. El día que me fui me dijo que yo era valiente, y que ojalá ella hubiese sido igual.

A veces me pregunto, con bastante bronca, si alguna vez nos quiso de verdad o si todo ese supuesto amor que había detrás de la vigilancia era producto de que mi papá no le daba bola y ella no tenía a nadie más a quien querer. Otras veces me pregunto si soy excesivamente infantil y el divorcio de mis viejos me pegó como a una adolescente. Otras veces pienso, ya fue, tengo 28 años, soy grande, no la necesito, pero desde el momento en que lo escribo sé que no es cierto.

En fin, no sé, supongo que lo que quise decir con todo esto es que mi mamá me rompió el corazón, que la extraño y que también la odio un poco, porque gracias a ella yo creía en el amor incondicional. Ahora sé que tal cosa no existe y que todos podemos alejarnos, incluso las madres.

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2 pensamientos en “Extraño a mi mamá

  1. Lo que a mí me parece es que la incondicionalidad no tiene que ver con persecuta. Que te persiguiera te provocaba querer escaparte, pero claro, su presencia era muy fuerte. Ninguna de las dos cosas está buena, ni que te persiga ni que no te dé ni la hora, pero entiendo que ese control se confunda con la incondicionalidad por el tema de la presencia.
    Yo vengo de una historia opuesta y a la vez parecida. Una madre que se corría del lugar y se ponía como un par, que me dejaba tomar decisiones con la excusa de que yo “era muy madura” y lo que hacía, en realidad, era desentenderse. Hoy, de adulta, la cosa sigue más o menos igual, difiere en que yo ahora sí tengo mis herramientas para decidir (las tuve que construir sola). Digamos que yo no extraño a mi madre como tal, pero sí siento que esa ausencia de incondicionalidad me produjo un gran hueco.
    Pero no haber contado con la incondicionalidad de mi madre, no me hace creer que eso no exista. La incondicionalidad supongo, debiera darte una especie de plataforma, de punto de partida de seguridad para vivir. Si bien me fue (y me es) muy difícil construir una maternidad que incluya incondicionalidad (porque empecé oponiéndome al modelo que tenía y construir contra algo se hace muy cuesta arriba) creo firmemente que son conceptos inescindibles. Y pretendo ofrecerle a mi hijo lo mejor de mí, para que sea un nene mucho más feliz de lo que yo fui. Espero poder acercarme a eso lo más posible.
    Un beso

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