Esa señora

En Madre hay una sola por @pompinna

El recuerdo que tengo de mi mamá es el de una señora que cuando no estaba durmiendo, estaba gritando. El gesto tenso, la boca dura, los dientes apretados, la mirada reprobadora. Para llevarnos al colegio, mi papá se sentaba al lado de la cama de cada una, nos despertaba suavecito y nos hacía el desayuno. Cuando él no estaba, mi mamá gritaba desde su cama “¡vamos, che!” y nos decía que llamemos un remís. A la vuelta, abría la puerta y con su boca dura empezaba a dar órdenes: que no apoyáramos la mochila en el sillón, que no anduviéramos descalzas porque “después los remedios te los tengo que pagar yo”, que no que no que no. Las madres de mis amigas les preparaban la leche y bizcochuelo para merendar, la mía dormía. “Yo no soy como las otras, yo estoy enferma”, repetía. Nunca supe de qué, nunca me animé a preguntar. nene triste

Nos festejaba los cumpleaños, sí, nos compraba juguetes y ropa, nos hacía elegir “¿rosa o violeta?” y sacaba de su cartera hebillitas para regalarnos, nos iba a buscar a la primaria, se sentaba a hacer las tareas con nosotras y después comentaba los dibujitos animados. Pero siempre un halo, quizás interpretación mía, de tensión en el aire. Nunca estaba todo del todo bien, en cualquier momento podía estallar. La recuerdo callada, atenta al mínimo movimiento erróneo para retarnos. Las siestas eternas y el enojo posterior porque “nadie fue a ver si seguía viva” o, cuando sí íbamos a preguntarle si se sentía bien “¿qué querés? ¿no me pueden dejar dormir tranquila?”. Si no estudiaba “andás callejeando”; si estudiaba “¿se puede saber qué hacés metida en tu pieza todo el día?”; si quería ver tele “siempre tirada como una vaca en el sillón”; si hablaba por teléfono “tratás mejor a un extraño que a tu propia familia”; si quería salir a la noche “nos despreciás”. Si mi papá nos defendía, ella se enfurecía el doble. Mi hermana y yo nunca le dijimos nada, casi no contestábamos ni pegábamos portazos. Nos limitábamos a mirar para abajo o entre nosotras y, en silencio, mascullar la bronca. Durante un tiempo había planeado preguntarle por qué nos odiaba tanto, pero no tuve el coraje.

Ahora me doy cuenta de mis manotazos desesperados, inocentes e infantiles, para remontar la situación. A veces le comentaba cosas del colegio o de mis compañeras, quería provocarle o activarle “algo” pero como casi siempre recibía una respuesta negativa o reprobadora dejé de intentar. Ella se quejaba: “estoy todo el día sola en la casa y cuando vienen me desprecian, no me hablan”. Y no. Una noche para romper el hielo le  conté que al día siguiente tenía prueba. Yo, no sé por qué, sabía que me estaba enterrando, hasta hoy me acuerdo de la sensación inequívoca de estar metiendo la pata. Al otro día nos despertamos a las 9 en vez de a las 6 y no me dejó faltar “porque tenés prueba”. Intenté disuadirla, explicarle que la maestra me tomaba otro día, que no pasaba nada. No hubo caso: a las 9:30 yo estaba entrando al colegio, muerta de vergüenza y humillación, ante la sorpresa de mis compañeras. Ese día la maestra decidió no tomar la prueba.

Tema crucial: mi sobrepeso siempre creciente desde los 11 años. Ella, que buena parte de su vida luchó contra la balanza, me preparaba dietas y me atormentaba con que “a los gordos no los quiere nadie”. Mi papá me decía “estás linda, hija”, ella retrucaba “sí, bueno, pero igual le falta bajar unos kilos” y yo me amargaba. Mi tía se enternecía “ay qué divina, le gusta usar tu ropa” y mi mamá escupía “y sí, si la de ella no le entra”. Ni se me ocurría contestarle o mirarla feo, sólo quería llegar a mi pieza antes que empezaran a notarse las lágrimas. Ahora tengo 31 y no me quiero embarazar porque si engordo no me va a decir nada pero su mirada penetrante e hiriente me va a escanear el cuerpo como desde hace 20 años.

A los 17 empecé a salir bastante, al tiempo que ella reforzó la revista periódica de cajones, placares y mochilas y a sus ojos yo me convertí en la “puta drogadicta” (¿?). No me podía sentar al lado de mi novio para ver la tele porque ella consideraba que estábamos muy cerca y me hacía pasar vergüenza. Gritaba, siempre gritaba. Con mi hermana le pedíamos que no grite pero la respuesta ya la sabíamos de memoria: “si no te gusta, andate de mi casa”.

En 2004 mi hermana y yo teníamos 20 y 22 años y se nos acababa de morir nuestro papá-amor en las manos, literalmente. Mi mamá, de repente, se vio sola, sin familiares ni muchos amigos, desbordada por las deudas y sin plata, con dos hijas jóvenes que estudiaban y había que seguir manteniendo. A sus 51 se empezó a levantar a las 5, retomó la rutina laboral que había abdicado cuando yo nací, intensificó sus clases de reiki y manualidades varias. Nos seguía exigiendo como siempre pero ya no gritaba tanto. ¿Nos tendría lástima?

La abracé una sola vez, que coincidió con una de las dos o tres que la vi llorar. Ella sufría desconsoladamente porque su compañero y amor de toda la vida había perdido contra un cáncer agotador y repetía “tanto sufrimiento y esfuerzo para nada; nada valió la pena”. Un abrazo tembloroso, casi distante, con miedo. Cuando estallaba nos gritaba: “¡Yo no lo maté! ¿¡Por qué no me habré muerto yo!?”. ¿Por qué no se había muerto ella? Mágicamente, 18 meses antes de ese final tan doloroso para las tres, sus enfermedades de siempre se disiparon, sus siestas eternas dejaron de existir, su gesto rígido desapareció: había que ponerle el lomo a la situación. Y cómo. Acompañó a mi papá a todas y cada una de las consultas y tratamientos. Estaba firme, presente, atenta, disponible y activa como nunca, se reunía a escondidas con los oncólogos, investigaba. El martes mi papá me dijo “el sábado vamos a ir comer afuera porque yo le quiero agradecer a mami todo lo que está haciendo por mí y por ustedes”. Esa cena todavía sigue pendiente porque él se murió el viernes.

Durante el duelo, cuando empecé con ataques de pánico, ya no me decía que no me hiciera la artista sino que me llevaba a la guardia a las 2 de la mañana y después me pedía turnos con el médico. Y me acompañaba. Sin embargo, en cuanto pudimos, mi hermana se fue a vivir sola a 1.800 km y yo con mi novio a 13.000. La dejamos sola. Una vez, una compañera de la facultad me comentó “¡qué ojos impresionantemente hermosos que tiene tu mamá!”. Yo nunca se los había observado. De 2005 para acá pasó algo. No sé qué, pero algo. La señora ya no grita ni parece estar fastidiada por todo. Deja deslizar que le gustaría tener nietos. Se ríe, hace chistes, minimiza todos los problemas, ya nada es grave ni urgente, todo tiene solución. Pintó las paredes de su pieza de rosa y siempre tiene algo en marcha para embellecer su casa. Le arma encomiendas con regalos a mi hermana y se las manda por micro. No sé quién es esta mujer que me ofrece su casa para que viva con mi marido hasta que consigamos trabajo, que compra cosas para mi futura casa y stockea “para cuando vuelvan a vivir acá”. Su aparente paz interior, lejos de tranquilizarme, me confunde. Yo no conozco a esta señora que ahora sonríe con todos los dientes. No la amo ni la odio: le tengo miedo. Antes, a su furia. Ahora, a su fragilidad y a que el monstruo se despierte otra vez, en cualquier momento.

Porque siempre hay una madre peor que la nuestra, les dejo el trailler de “Mamita querida”, se acuerdan? Es de 1981 y está basada en las memorias de la hija adoptiva de Joan Crawford. Faye Dunaway está genial en el papel de mala madre.

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16 pensamientos en “Esa señora

  1. creo cuando estaba embarazada llegó un momento que me cansé de tratar de entender a esa señora, porqué era (es, pero desde que rajé de casa se calmó un poco) tan perversa con mi hermano y conmigo. porque somos adoptados, se supone que ella lo que más quería en todo el mundo era tener hijos, y nunca nos sentimos amados, contenidos, respetados. nuestro padre estaba pero era una planta. reconozco que a veces caigo en esa telaraña de “pero porque me dijo esto, porque hace tal cosa?” cada vez que hablamos o nos vemos. claro, haciendo terapia, llorando, sacando toda la mierda afuera se va piloteando. tengo una hija y hay que tener bien presente toda la historia familiar para evitar repetir experiencias, en eso estoy de acuerdo con laura gutman. pero de ahi a “entender” la cabeza de esa señora? pufff. abrazo

  2. vuelvo:
    me sirvió para encuadrar a mi vieja, y ver una forma de zafar de ese círculo en el que inevitablemente (a pesar de las distintas etapas, intentos, encares, psicoanálisis, etc.) caía.

  3. Mi mamá era muy parecida a la tuya, no hizo metamorfosis, quizás porque falleció antes de que llegara ese momento.

  4. un fuertisimo abrazo a esta mujer-hija! animo… a veces los cambios tardan en llegar… mi mama hizo una metamorfosis parecida, si bien mi papa no fallecio, se divorciaron 17 anios atras, eso lo detono… y ella hizo un laaaaargo (anios) proceso a ser quien es hoy, y si bien no tenemos una relacion madre – hija, nos llevamos muy bien. y creo que el cambio vino para quedarse. espero.

  5. Gracias por los comentarios.
    No siento que haya nada para perdonar o indagar. La gente cambia, se va adaptando, perdonando, olvidando, si no no se puede vivir con miras a futuro.
    Como le decía a Angulita, hay un contexto que si bien no justifica, por lo menos ayuda a entender: mi mamá pasó de vivir en la gran ciudad al medio del campo de un día para el otro, con dos nenas chiquitas, un marido que trabajaba 20 horas por día, a 1200km de su familia y amigos, y sin internet. Yo no sé si no me hubiera deprimido también, cada uno reacciona como puede, supongo.
    Voy a buscar el libro que recomienda Matidas, me re interesó!

  6. el subtítulo es “El maltrato psicológico en la vida cotidiana”, y es una buena síntesis.
    parece q el acoso moral como tema se puso de moda para el ámbito laboral. ella lo aplica a otras relaciones. chusmeo: es psiquiatra y especialista en victimología.
    es un libro breve que habla sobre las distintas formas de violencia (perversa).
    se me termina la batería, ta luego

  7. Mi madre cambió al revés. Para mal en mi juventud. Cuendo empecé a tener novio mas serio. Y nunca entendí bien por que. Según mi psici lo que cambió no fue ella si o mi mirada…

  8. Belén, creo que también juega mucho la cuestión generacional en las formas de maternidad. E inevitablemente cometeremos otros errores (que horror). Un beso y gracias por comentar!

  9. Leyéndote, siento lo que decís en la ultima frase: Siempre hay una madre peor que la nuestra.
    Con mi hermano también le decimos “esa señora” a nuestra madre. Tremendo.
    Yo tuve que distanciarme 15000 km para resolver mi maternidad. Tengo un hermoso bebe de 8 meses, y mas alla que es super difícil y no una publicidad de Nivea la maternidad, se que lo mas importante es hacerle sentir que lo amo.
    Yo no puedo decir que el monstruo desapareció, en mi caso, sigue igual que hace 37 años. Distante y sin interés.
    Un abrazo enorme.

  10. terrible
    yo también temo q el monstruo reaparezca, sobretodo ahora q está tan lejano. rephrase: me gustaría pensar que no, pero sé que invariablemente ocurrirá.
    en algún momento una amiga me recomendó el acoso moral, de marie france hirigoyen. en ese momento me sirvió. y cuando en el medio del embarazo resurgió (the monster), y le corté toda comunicación, lo releí y nuevamente me fue util.

  11. Que lindo seria que algun dia ella o su hermana puedan sacarse la duda de porque fue asi, porque ahora es de otra forma.
    LAS ABRAZO!

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