El hombre se va a morir

En Catarsis puerperal por @Fideosmanteca

Una de mis primeras sensaciones como padre fue la de que me convertía en alguien poderoso con muchos años de vida. Entonces estaba en una clínica donde pasaban largas horas mientras esperaba el nacimiento de mi hija. Esa fue una sensación que entró fuerte en mí, incluso antes de volver a casa con ella y verla bien de cerca -lo que hacía el retrato de padre que diseñó mi niño interior. Fue así dado que, como Rey que es el padre, su ley es el orgullo. Recuerdo que para sentir que acompañaba a Ana, la mamá de mi hija Vera, y porque no podía hacer otra cosa, me comparé con otros padres del lugar y charlé con los que pude en los pasillos. El Rey es un imbécil que no ve y por eso la segunda sensación que tuve fue la de tener que dar varios pasos en paralelo a mi orgullo. Fue especial acompañar todas las escenas que viví horas antes del nacimiento de Vera, las de la realidad por encima del juicio, como la del padre muchos años más joven que yo que llegó con una suegra que lo fustigaba, al tiempo que se convertía en padrecito: vos no sos un padre, le decía, vos no sos un hombre. O los abuelos que se conocían y peleaban por primera vez; por ellos, más tarde, el enfermero llamó a la policía mientras la futura madre era derivada a una cama que -horas después de su llegada- ya estaba desocupada. Por situaciones parecidas la enfermera se enojó conmigo, porque la busqué en otros pisos de la clínica cuando Ana estaba a los gritos pelados porque no aguantaba más de dolor. Dolor, seguido de meses de dolor por la cesárea. O el chico que estaba a punto de entrar a la sala de operaciones en el “hall de papás”. No sé cómo explicar lo que tenía, un chico a quien confundí con un médico por su uniforme, esa ropa verde que yo también vestí en un vestuario de cancha de papi. En ese vestuario en el que no encontré un candado para dejar mis cosas y donde también había otros hombres desnudos, como en una cancha de papi.

Me acuerdo también del primer porro que fumé como padre, lo fumé muy emocionado. Estaba en la casa de mi hermana y no podía parar de llorar. Ese fue un momento hermoso a pesar de que esa noche la pasábamos separados y yo las extrañaba a las dos, que compartían la habitación con otra mujer y otro bebé. Juro que me hubiese quedado parado toda la noche para ayudarla a ir al baño y ver a Vera, no me hago el canchero. Aunque seguro alguien lo hizo y no creo que lo hayan tratado como a una joyita de padre.
Yo ni siquiera me junto a comer asado entre hombres, me siento un tonto si lo hago. Es una exageración, ni lo hacía cuando trabajaba en la gomería de mi viejo y éramos todos cien por ciento negros que hablaban de travestis. Además, debo confesar que soy un hincha de fútbol desilusionado, un cuervo amargo en medio de una familia de cuervos peronistas, radicales, neonazis y maoístas. Soy un peronista troscoso. El último gol que metí en mi vida fue cuando tenía 10 años y una pelota rebotó en mi culo y entró al arco. El que no es hombre no sabe lo difícil que es no jugar al fútbol, eso te determina el resto de tu vida, togavirílicamente. Y el que no vivió en Brasil durante su infancia no sabe lo que siente un argentino que juega peor al fútbol que un brasileño.

En Brasil creo que descubrí que –voy a decirlo- no era pleno hombre gracias a la lista infinita de apodos que me pusieron cuando jugaba mal al fútbol: la naturaleza te hizo mal, el viento juega mejor que vos, me decían los garotos. En Argentina el fútbol fue menos agresivo, aunque como soy más argentino que brasilero, duró más tiempo. Disculpen que esté escribiendo sobre fútbol y sobre mí, pero es una de las mejores maneras de explicar una artimaña que me descompone el orgullo pedorro y me deja en busca de un orgullo pleno: una pelota, un trofeo, mucha gente alrededor, perder, ganar. No duden que el fútbol es un campo de batalla como en Roma o Grecia, cuna (ja) de la civilización Occidental, donde históricamente se expresa el egoísmo y el orgullo del paternalismo del padre y sus hijos. Igual, quiero hablar bien del fútbol: a diferencia de los gladiadores clásicos, quien juega fútbol puede ver mejorías en su salud y no morir como lo hacían los gladiadores. Pero mirá esto: si todos nosotros estamos tan acostumbrados al deporte, y hay tanta salud y orgullo en el tópico, me pregunto qué explica semejante estupidez:

¿Cómo puede ser que la mujer, esclava del hombre, viva más que él si la sociedad está hecha en función de sus privilegios? Creo que no es sólo como el chiste que hizo Roberto Arlt sobre cómo la clase media se ve afectada por las actividades de sus profesionales, aquello de que el abogado y el médico te meten el dedo en el culo si quieren. Ese hombre sin salud, machista, putañero, está abandonado al daño, la automedicación y un estado de salud humillante. En el video que comparto no las define frente la muerte, porque dice que el sujeto en cuestión en su vida cotidiana/social tiene más chances de desaparecer.  Hay quien agradece a la Virgen (¿por qué no?) por esto que justamente señalo, en especial quien vive en barrios de situación de emergencia (¡cuántos son!), donde parecería mucho pedir no ser violada o robada por el putañero y su red, etc. El hombre cuida menos su salud al mismo tiempo que se expone a condiciones de trabajo más brutales que la mujer (se supone que la mujer no debería hacer trabajos de fuerza, véase hoy la Tigresa Acuña). Eso, junto a la violencia inherente de su orgullo, hace que muchas veces quede únicamente al cuidado de la mano invisible del mercado. Que el hombre muera más que la mujer es prueba de que si la mujer no se ve recluida al hogar, tal vez empiece a participar de la vida cotidiana que es la muerte del suyo. Lucharla para una sociedad más igualitaria obligatoriamente es dejar que el hombre pase del orgullo a admitir su desconocimiento de, por ejemplo, cuándo llevar a un hijo al doctor.

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