Como dos extraños

Muchas veces sentí que los niños con sus pequeñas personalidades vienen a poner a prueba y cuestionar nuestras peores miserias; te las enrostran y te las refriegan bien cerquita para que no tengas muchas chances de evadirlas. Ayer retomamos las clases de natación de hijo mayor (casi 6). Nuestra rutina consiste en ir solo los dos hasta el club, lo acompaño a cambiarse al vestuario y cuando el profesor los llama, me quedo mirando desde afuera de la pecera. Siempre me ve y me saluda con la mano, a pesar de los retos de su profesor de que deje de prestar atención a lo que yo hago afuera.

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Minutos de felicidad

Durante el año pasado, incontables veces me recriminó que durante la clase yo miraba el celular o leía un libro en lugar de sostener la mirada constantemente en su actividad. Incluso una vez fui al buffet del club a comprar una bebida y cuando volví estaba llorando desconsoladamente. Ni hablar de las primeras tres clases, a principios del año pasado, donde lloró la hora completa a pesar de las miradas reprobadoras de las otras madres (los profesores no se alarman, suelen decir que es normal, que hay que insistir porque se les pasa enseguida). Ayer fui a buscarlo a la escuela, fuimos a casa a buscar el bolso y partimos para el club. Charlamos de nuestro día durante el trayecto; al llegar hizo la revisación médica y pasamos al vestuario. Le había comprado antiparras nuevas porque las del año pasado estaban rotas, y nos reímos a carcajadas de cómo el elástico quedaba bien cerquita de la punta de las antiparras, por el tamaño de su cabeza (le decimos Coco).

Entró a la pileta con tres varones de su misma edad y durante diez minutos hizo las actividades, jugó, se rió y me saludó con la mano. Pero de repente se puso a llorar, y no paró. Su profesor lo incitaba a hacer las actividades y obedecía llorando. Le hice señas para que me deje pasar y me acerqué a la pileta, charlamos sobre su “crisis de volver” y entró nuevamente. A partir de ese momento, no hizo ninguna actividad, se quedó parado en un costado de la pileta y, aunque el profesor siguió insistiendo, no quiso nadar más. Otros se acercaban a hablarle y nada, me señalaba. Yo, como una estúpida, lo saludaba mientras me contenía las ganas de llorar y de insultar al resto de las madres que opinaban sobre la situación. Misteriosamente, quince minutos antes de que termine la clase, comenzó a sonreír y a moverse. Empezó a jugar con los otros nenes y a saludarme contento, hizo los últimos ejercicios y salió del agua feliz, como antes, como en las clases del año pasado.

Una vez comenté la hipersensibilidad de mi hijo con un grupo de mujeres y me dieron una explicación astrológica. Yo soy de las que necesitan explicaciones, entender, saber porqué. Las dudas de si está bien, está mal, va a quedar traumado para siempre o ya se le va a pasar. El cuestionamiento social de mujeres que están en la misma que vos pero cuando no están en situación de berrinche, de papelón público, de exposición de la intimidad, de angustia por la imprevisibilidad que no se puede manejar, se vuelven las juezas más implacables y se ponen en pose de superioridad. En sala de dos, de tres y de cuatro tuvimos que hacer “adaptación”, le costaba desprender. El año pasado su maestra me decía que “está pero no está”; es sociable, me decía, pero solitario, colgado, está en la luna (me sentí en 1945), como si fuera algo malo. ¿Está en la luna?

Leo esto “Parenthood abruptly catapults us into a permanent relationship with a stranger, and the more alien the stranger, the stronger the whiff of negativity” y pienso en como terminó mi día ayer. Desbordada por la imprevisibilidad a la que a veces me someten mis hijos, que choca violentamente con mi necesidad de control, pienso en esto otro: “Though many of us take pride in how different we are from our parents, we are endlessly sad at how different our children are from us”, ambas frases del mismo libro: Far from the tree.

La paternidad es una permanente relación con un extraño, lo cual no tiene nada de malo aunque parezca que sí. Es una reformulación constante del vínculo que a los adultos probablemente nos cueste más porque no tenemos la plasticidad de los niños, porque estamos viciados y porque, bueno, están las neurosis. Cosas de las que uno se da cuenta: que un hijo no es pájaro en mano por más chiquito que sea, que son libres aunque apenas caminen, que son diferentes a nosotros e imperfectos, que la generación en la cual crecen tiene mucha más influencia que sus propios padres, que no cumplen siempre nuestras expectativas, que los primogénitos cargan con el estigma de ser criados en una especie de probeta de la paternidad, en permanente examen, exigencia y duda y que a veces, todos los hijos son simplemente extraños.

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12 pensamientos en “Como dos extraños

  1. Tarde llego a comentar esta entrada, no tuve tiempo de leer antes.
    Alguien una vez me dijo: “A veces los hijos son una patada a nuestro ego”, pero es peor cuando no cumplen las expectativas de los demás y de repente te encontrás justificando y explicando lo inexplicable. Mi hijo mayor, de 4 años y medio, también tiene una hipersensibilidad y ciertas características que lo sacan de la media. Hay explicación astrológica y psicológica, si querés, pero como me dijo mi ex-psicóloga cuando fui a charlar con ella: el tema es como vos y tu marido se tomen lo diferente que él puede ser… así que acá estamos aprendiendo. Todo es cuestión de tiempo y aceptación, cada chico es un mundo y como dice Maritchu Seitún en uno de sus libros: no se puede hacer crecer una planta más rápidamente tirando del tallo.

  2. Debería haber grupos de autoayuda “mi niño empezó primer grado”. Acá igual, todo lo que signifique estar lejos lo angustia, después se le pasa, y las quedamos angustiadas somos nosotras. Creo que el empezar la primaria supone para ellos un estrés importante, así como retomar de a poco la rutina abandonada en las vacaciones. Hoy cuando lo dejé en la puerta de la escuela me agacho para darle un beso y me dice: “basta de besos en la escuela”. Y ahí me quedé, el que hacía tres días había que arrastrarlo y hacerle mil promesas, no quería despedidas.

  3. Uh, no! Yo también estoy con el paso a primer grado, se me viene la noche de la etapa no superada? No estoy para una remake

  4. sí, todo eso y más. Quisiera sacarme de encima tantos mandatos, principalmente ese que dice que las madres tenemos que saber siempre qué hacer y cómo hacer y que tenemos que resolverlo todo. Entre ser madre de dos pibas tan distintas con edades tan diferentes y tener una familia ensamblada, siento que estoy en rehab, como vos dijiste antes jaja. Beso!

  5. Porque nos mintieron mucho, será? a veces te querés tomar un bondi a Júpiter y a veces querés congelar el tiempo. Es inexplicable, quizá eso es lo que duele y molesta, no Juli?

  6. Igual él fue todo el año pasado y ya “superó” esa etapa (o no?). Yo creo que fue una crisis de volver, sumado a su comienzo en primera grado, mas “tengo sueño”, me dijo en un momento. También le tenía terror al agua y ahora, cuando no está en crisis, es un pececito ja. Gracias!

  7. Dato útil, no reflexivo. El año pasado pasé por cosas similares durante meses, pero el equipo docente del CEC nro 3 de natación (que funciona a la tarde en una escuela pública de belgrano) me ayudó un montón. A la vez nunca lo apuraron ni lo presionaron al hijo, le dieron todo el tiempo (casi 6 meses) y lograron que de no querer ni meterse al agua ahora no lo pueda sacar de cuanta pileta vea con menos de 25 grados inclusive (allá el). Es para alumnos de escuelas públicas, solamente se paga cooperadora y la inscripción es esta semana! Vale la pena probar porque el timing que tienen con los niños no es fácil de encontrar.

  8. Qué lindo post, Agus. Hace poco leí un libro sobre familias ensambladas (que en general no me gustó) que decía “si te gusta tener todo bajo control, probá de tener una flia. ensamblada”. Quizás si te gusta tener todo bajo control, te curás simplemente teniendo un hijo :O

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