Monstruos familiares

Cuando publquiqué “Los monstruos también se heredan”, Ailin me escribió para preguntarme si podía escribir sobre el tema y publicarlo acá. Lo que sigue a continuación es el resultado de ese disparador de monstruos familiares, que a veces no nos deja tranquilos.

En La Comunidad, por Ailin Tranmar

No hay nada más maravilloso que la falencia de un padre porque es justamente donde uno pondrá el acento unos cuantos años de su vida: será la zanahoria del conejo, la sortija de la calesita y una excelente forma de encontrarse frente a frente con el niño que alguna vez fuimos.

En mi caso, la carencia de mis padres estuvo puesta en la imagen de familia. Ese lugar simbólico que, recuerdo, muchos chicos del colegio lo atravesaban de distintas maneras durante buena parte de su día ya sea jugando, mirando la tele, haciendo la tarea, discutiendo o padeciendo de distintas formas. Mi familia era una gelatina que habían querido meter en una pared…no había forma de que se amoldara a nada, se te escapaba de las manos antes de que quisieras darte cuenta. Y lo que de adulto es totalmente lógico y entendible, de chico no es más que un gran atolladero emocional. No tuve la suerte de tener figuras familiares claras ni definidas, había demasiada gente que entraba y salía de esa familia sin mayores explicaciones y demasiadas personas que habían sido sistemáticamente negadas. Y los chicos esas cosas las perciben, no? tenenbaum

De grande me di a la grata aventura de formar una familia simbólica para mí, lejos de mentiras u olvidos –de esos que tienen demasiado olor a ocultamientos-; lejos de las mesas familiares con la tele enfrente y más cerca de las charlas honestas, con más fotos colgadas en una pared (porque en mi familia no quise que se “olvidara” de mostrar a las personas), con más risas y más peleas porque se pelea lo que se quiere, más abrazos del corazón y menos abrazos obligados, con más palabras y gestos de amor y menos reprimendas, con más sentimiento y menos discurso normalizador y, sobre todo, con alas grandes para volar bien lejos. Ese era mi sueño.

II

Si algo saben los chinos es de maldiciones…y hay una muy conocida que es “no desees mucho algo que quizá se te cumple”. Y me pasó. Les juro que me pasó. La vida, que lo que tiene de cínica lo tiene de graciosa, me puso cara a cara con el primer hombre que amé en mi vida. Y no era mi padre (Freud te mando un beso) ni era, tampoco, el padre de mi hija. (Por cierto, si leyeron “El árbol genealógico más difícil del mundo”, les cuento que Chechu sigue agarrando muchas hojas para dibujar su familia).

Pero, les decía, conocí a un hombre que amé profundamente en sus luces y en sus sombras y con el que compartí la semillita de familia. Gracias a él me arriesgue a intentar de nuevo lo que ya había ensayado y me había salido patas pa´ arriba tantas veces. Gracias a él saqué de un cajón mugriento mi corazón y lo puse sobre una mesa. Aprendí a compartir mi cama y mis sueños. Aprendí que no hay nada más grato que compartir tiempo con la familia y, por sobre todas las cosas, aprendí que las familias se construyen día a día, que hay que buscarla, desearla, quererla y respetarla. Y no me volví conservadora ahora, eh! Hablo de la familia en sentido amplio…lo que se dice una verdadera familia Tranmar. Una familia integrada por hermanos aparecidos en redes sociales, hermanos que no son hermanos, madres que no son madres, esa familia. La que uno se arma con el correr del tiempo y que siempre se va modificando y enriqueciendo. La que uno arma sin encontrar palabras que la definan porque no hay árbol genealógico más honesto que el que se construye desde el amor y lejos del diccionario.

Hay personas de mi familia que nunca van a tener un nombre pero que sin embargo me han dado los besos y abrazos más hermosos que recuerde, de esos que te llenan los ojos de lágrimas y te hacen sentir frágil y seguro a la vez. Misterios del amor.

Hoy por hoy estoy atravesando una tormenta emocional, la familia que soñé y que se estaba haciendo realidad vuelve a foja cero. Si algo aprendí y algo me quiero llevar de esto es que fue una experiencia maravillosa que volvería a elegir si tuviera la posibilidad. Que siempre se está a tiempo de hacer las cosas si hay ganas de hacerlas y que no hay exposición más intensa y vertiginosa que la de un amor correspondido. Que cuando llegue el momento venceré el miedo que muy seguramente me surja y me arriesgaré una vez más, que estoy dispuesta a equivocarme y cometer muchos errores más porque, si de algo estoy segura, es que hay que saber perder para poder ganar.

 

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