Un hombre enamorado

Es difícil vender un libro de un escritor que describe a lo largo de cinco páginas lo que observa en las vidrieras de Estocolmo mientras empuja el cochecito de su hija Vanya. Hay algo en la forma de narrar de Knausgard que trasciende el marketing clásico de lo que representa una buena lectura o una gran historia. El ombliguismo es una corriente narrativa que exaspera a muchos y que otros encuentran fascinante. En Francia, las aventuras sexuales de Catherine Millet o los problemas alimenticios y el suicidio de la madre de Delphine de Vigan se convirtieron en éxitos de ventas en todo el mundo. Pero de Noruega no esperábamos esto. No nos anticipamos a esta sensación de ansiedad colectiva por las más de 3.500 páginas que componen la obra completa de Min Kamp (Cualquier similitud con el Mein Kampf de Hitler no es pura coincidencia), cuyo primer tomo -traducido como “La muerte del padre”- y el segundo -“Un hombre enamorado”- generaron páginas enteras de adictos intentando explicar porque nos enloquece Knausgard.  Su amigo Geir, relata el noruego en el segundo tomo de la obra, le dice que no conoce a otro escritor que pueda relatar en veinte páginas la ida al baño de un personaje y hacer que a los lectores se le humedezcan los ojos. Síntesis exacta, creo yo, de lo que Karl Ove puede lograr con su pluma.

Si en “La muerte del padre” el noruego hizo foco en su infancia y en la complejísima relación que mantuvo con su padre hasta su muerte, en “Un hombre enamorado” (título horrible, si los hay) nos adentramos en los avatares de la paternidad y el matrimonio de Karl Ove, casado con Linda con quien tiene tres hijos (aunque Wikipedia ya acusa cuatro). A partir de una mirada infantil y desnaturalizada de la vida, Knausgard construye un relato oscuro y denso de la cotidianidad familiar y de las frustraciones de la adultez. No importa la cantidad de contradicciones en las que incurre en su vida porque se hace cargo de vivir en un registro adolescente, preguntándose constantemente por el sentido de la existencia pero no de manera filosófica sino desde lo más terrenal: desde el amor-odio (o rechazo) que siente por sus hijos y su esposa, el aburrimiento que le provoca la vida burguesa y las ganas incontenibles de escribir. Una sola línea a lo largo de las más de 500 páginas que conforman “Un hombre enamorado” explica la existencia de una obra tan descomunal, autocrítica, descarnada y egocéntrica como la que logró Knausgard: “Yo me importo una mierda”. Lo que hace es desandar el proceso de construcción de una identidad, la suya propia, contando los pormenores más humillantes y realistas de su día a día y de las personas que lo rodean (lo que le ha valido innumerables desaires).

En una entrevista con “El Mundo” Karl Ove dice:

 “Lo único que pretendía era descubrir cómo me había convertido en la persona que era. Cómo se construye una identidad. En ese sentido es una investigación existencial pura y dura. Por aquella época, cuando empecé, tenía la sensación, y la sigo teniendo hoy, de que no somos conscientes del aquí y el ahora. Que el mundo desaparece a nuestro alrededor a medida que crecemos. Por eso quise contar cosas tan concretas. Para recuperar el aquí y el ahora.”

¿Por qué una persona que reniega tan abiertamente de la esclavitud que genera el mandato social de la familia moderna tendría tres hijos? Si uno suele adentrarse en la aventura de tener un primer hijo, generalmente con las expectativas incorrectas, quizás reincida por un error de cálculo o incluso para seguir respondiendo a ese mandato y “redondear” el concepto de familia. El tercero, desde el sentido común, ya suena a masoquismo. Knausgard sufre la paternidad por la falta de soledad que le genera y porque se aburre. Pero encuentra en sus hijos la barrera con el knausgardmundo exterior; la mediatización con el otro: son la piel. Relata la sensación de tenerlos a upa como vivir en una nube de seguridad. Esos cuerpos blandos y tibios son la frontera y allí radica su contradictoria adicción. Además, el noruego dice que los niños tienen derecho a ser mayoría frente a los padres, razón extraña para engendrar descendencia si las hay. Los relatos de los cumpleaños de los amigos de sus hijos, de las salidas familiares, de la cotidianidad del hogar, de las negociaciones de tiempo y espacio con la esposa, de esa conversión en equipo de crianza en la que se transforma el matrimonio cuando se tienen hijos chicos y de la ternura que se necesita para afrontar el desafío, con los hijos y con la pareja, son -creo yo- maravillosos.

 “¿Porqué no podían darle a los niños perritos calientes, helado y refrescos? ¿Piruletas? ¿Gelatina? ¿Pudín de chocolate? Qué estúpido país de idiotas era aquél. Todas las mujeres jóvenes bebían tanta agua que les salía por las orejas, pensaban que era “útil” y “refrescante”, pero lo que hacían era disparar la curva de jóvenes incontinentes del país. Los niños comían pasta integral, pan integral y toda clase de extrañas clases de arroz integral que sus estómagos no llegaban a digerir del todo, pero eso no importaba, porque era “útil” y “refrescante” y “sano”. Ah, confundían comida con espíritu, creían que podían llegar a ser mejores personas comiendo, sin entender que una cosa es la comida y otra la idea que despierta”.

Le dije a mi amiga Dolores en su fiesta de cumpleaños (bar, medianoche, música y alcohol y sí, hablábamos de él) que me impactaba como en su obra no hay una sola palabra librada al azar y ella me contradijo diciendo que sí había de más, mucho de más, pero que en la mirada holística de su trabajo todo tenía un porqué y su justo lugar. Hasta cuando aburre Knausgard es adictivo. Son minuciosamente descritas las sensaciones de soledad y desborde emocional, la manera en que se autopercibe como un hombre débil y femenino cada vez que empuja el cochecito de sus hijos (me gustó mucho el planteo de como la nueva paternidad pone en cuestión el deber ser masculino tan instalado durante décadas enteras); cuando no puede resolver racionalmente una situación de capricho infantil, las peleas con sus vecinos y la crítica despiadada al mundo literario del que forma parte. En definitiva, el talento de Knausgard radica en volver significativas las escenas más pueriles de la vida cotidiana y en dividir aguas radicalmente: Genera la empatía más profunda o un rechazo visceral pero indiferencia, nunca.

 

 

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