Domingos

Si alguna vez te preguntaste como huele la muerte, es porque nunca entraste a un geriátrico. Ni siquiera los domingos soleados con 19°, ni el jardín floreciente de la incipiente primavera, ni la algarabía con la que te reciben las enfermeras pueden quitar el sabor amargo que se acomoda en la garganta ni bien cruzás el umbral de la puerta. Es indescriptible, es lo contrario de lo productivo. Huele a verdura hervida, a papilla, a medicamentos y a biología, a sudor de cuerpos que no sirven más.

Cada domingo que visito a mi abuela en el geriátrico en el que vive hace quince meses, los pómulos le sobresalen un poco más, la ropa le queda apenas más grande y la mirada es cada vez más oscura. Ella está viendo el horror de su lado y yo del mío. Mi hijo de seis le dice que deje de hacerse la muda y a ella se le rompe la piel de la mano que, de tan fina, la tiene pegada con varias curitas. El resto de los abuelos lloran al ver a mis hijos. Los besan y acarician como aferrándose a lo vivo. Cómo ya no me habla, mientras tomo mate con mi mamá y como facturas, le acaricio la mano o el pelo, mientras le froto la espalda huesuda. Pero esa no es mi abuela, es un cuerpo que se está yendo, que se está dejando morir. A veces conecta y dice cosas como “siempre fuiste una chancha”, mientras se me chorrea el dulce de leche de la factura por la comisura de los labios. Otras veces no dice nada. 1265615_10151895452624893_572682767_o

Hay abuelas y abuelas. La mía nunca respetó el parámetro de anciana adorable y sonrisa tierna que amasa pastas caseras los domingos para toda la familia. Siempre tuvo esa mentalidad de posguerra que la convirtió en una persona avara hasta en épocas de vacas gordas y tuvo relaciones conflictivas con su familia y sus vecinos. Viví con ella doce años y nunca la vi llorar, hasta que se murió uno de sus hijos. Cuando quedé embarazada se enojó y no me habló por días. Siempre me dijo que si hubiera podido elegir, nunca se habría casado ni tenido hijos. Lo importante era estudiar y ser libre. Cuando mi hijo nació, lo cuidó para que yo pudiera volver a trabajar.

Ese estigma me impregnó en la adolescencia y es uno de los rasgos característicos que me dejó de herencia: la expresión gélida, los rasgos angulosos y el carácter de mierda, como algo que se lleva en el adn alemán. Siempre incomodó y lo sigue haciendo. Nos va mostrando el proceso de la muerte del cuerpo pero no de la mente. Aunque tenga la mirada perdida por horas, yo sé que está ahí, entendiendo todo. Odiando al resto de los viejos, a la silla de ruedas, a las enfermeras que la peinan y le pintan las uñas como si para ella hubiera un día después. como si existiera el futuro, alguien a quien seducir o algo nuevo que experimentar.

El geriátrico es una especie de purgatorio pagano. Es un espacio físico de transición hacia lo inevitable y, fuera de la visión del resto del mundo, cumple la función que tiene que cumplir: contener la espera. Voy a ver a mi abuela cada domingo por mí, para poder decirle una vez más que la quiero y que la extraño. No voy por ella, no voy para hacerla sentir mejor. A ella no le importan las visitas, ya no está acá. Tiene un pie en la muerte y otro en la vida, pero el pie en la vida es demasiado doloroso. Por eso los geriátricos no tienen espejos. Sólo tienen amortiguadores: asientos acolchados, almohadones, sillas de ruedas y comida de bebé. Michel Foucault lo dijo hace décadas: lo que la sociedad no está dispuesta a mirar a los ojos se oculta detrás de altos muros, en la oscuridad y el silencio. Así la locura, la pobreza y la muerte tienen su correlato institucional: el psiquiátrico, la cárcel y el geriátrico.

El día que Argentina jugó la final del mundial, le pintaron banderitas en las mejillas hundidas mientras ella, recostada sobre el lado izquierdo por el dolor que le provocaba una escara en la espalda, miraba el vacío. No hay mayor ironía que intentar contrarrestrar la muerte con pequeñas acciones de vida artificial. No hay mayor ironía que encerrar a la muerte en cuatro paredes para que nadie la vea, pero tampoco hay mejor remedio, porque no todos mueren atropellados por un auto o durmiendo plácidamente en su cama. Algunos, sencillamente, se van apagando pero sin dejar de poner en evidencia el destino irremediable, el final. Cuando me despido de ella y cruzo la puerta, dejándola con la mirada perdida y preguntándome si la voy a volver a ver, en la garganta se me atraganta la muerte: el olor a hervido, a descomposición y a biología se mezcla con lo salado de mis lágrimas, las voces de mis hijos y el jazmín del país que florece en la vereda.

 

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9 pensamientos en “Domingos

  1. Es horrible. Dice mi papá que ingresar a mi abuela al geriátrico fue la decisión mas difícil de tomar, pero también inevitable. El abuelo del geriátrico no es tu abuelo, es el envase que contiene los mejores recuerdos de tu niñez. La imagen de mi abuela en el geriátrico es de las peores que recuerdo. Prefiero cerrar los ojos y verla sentada en el patio de su casa…

  2. Me dolió tu post, no sólo por la tristeza que lleva en sí sino porque estoy atravesando algo similar con mi abuelo. Similar porque mi mamá viene resistiendo, hace 9 meses, ingresarlo a un geriátrico y entonces entre enfermeras, cuidadoras, acompañante terapéutico y kinesiólogo la casa de ella se va volviendo un geriátrico. No puedo decir que sea “lindo” post, pero sí muy bien escrito y transmite lo que eso y lo que es estar ahí… Yo también veo a mi abuelo apagándose. Si bien tiene días en que toca el piano (siempre conectó con la vida a partir de la música) o se reía de alguna travesura de P., cada vez tengo más esa sensación que decís, que es un cuerpo que ya no es él, y que ya no tiene muchas ganas de estar acá. Leo por ahí que alguien refería a Un Mundo Feliz y yo también pensé en el tratamiento de la muerte en el libro de Huxley. Vi una foto de tu abuela por ahí. Realmente te parecés a ella. Abrazo.

  3. Trabajo en un geriatrico y no todo es olor a muerte,es un momento de transicion ,,muchos piden volver a sus casas y eso me parte el alma pero otros se sienten realmente en su casa,tratamos de dar lo mejor para que ellos se sientan bienfisica y animicamente.

  4. Súper triste, real, e inevitable. Me refiero a la muerte. Los geriátricos muchas veces son evitables. Viví lo mismo con mi bisabuela, y sólo puedo decir que el geriátrico le adelantó la muerte. Y que lo que vi en ella, como decís vos, ya no era ella.

  5. Puff qué fuerte! Hoy justo mi jefe me estuvo hablando de la vejez, de lo que él se imagina. Es fuerte y además no sé qué alternativa tiene. Tu relato me deja un sabor amargo pero es brillante

  6. Hay Agustina, que terriblemente real tu relato. Viví hace poco la situación de geriátrico, y es tal cual: los olores, el personal, las apariencias. Por algo en “Un mundo feliz” no existe la vejez tal como la conocemos.

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